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 WarcrafT: Historias

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MensajeTema: WarcrafT: Historias   Vie Ene 04, 2008 5:57 am

Humanos: La Alianza de Lordaeron

Historia de los Humanos
Después de la Segunda Guerra

La devastadora Segunda Guerra combatida contra la Horda orca dejó a la Alianza de
Lordaeron en un estado de confusión y trastorno. Los orcos, sedientos de sangre y
bajo el mando del poderoso Jefe Orgrim Doomhammer, atravesaron y devastaron
las tierras de los enanos, Khaz Modan, y también arrasaron muchas de las provincias
centrales de Lordaeron. Los implacables orcos llegaron a saquear el lejano reino
elfo de Quel’Thalas antes de que su carrera de destrucción fuera finalmente detenida.
Los ejércitos de la Alianza, guiados por Sir Anduin Lothar, Uther el Portador de
la Luz y el Almirante Daelin Proudmoore, obligaron a retroceder a los orcos hacia el
sur, hacia la tierra ruinosa de Azeroth, el primer reino que cayó bajo el despiadado
ataque orco.
Las fuerzas de la Alianza, bajo el mando de Sir Lothar, lograron sacar a los clanes
de Doomhammer fuera de Lordaeron y mandarlos de vuelta a las tierras Azeroth,
dominadas por los orcos. Las fuerzas de Lothar rodearon la volcánica ciudadela
orca de Blackrock Spire y levantaron un sitio contra sus defensas. En un último
esfuerzo, Doomhammer y sus tenientes se lanzaron en una temeraria carga desde
Spire y arremetieron contra los Paladines de Lothar en el centro de las Estepas de
Fuego. Doomhammer y Lothar se enzarzaron en una titánica batalla que dejó a
ambos combatientes maltrechos y exhaustos. Aunque Doomhammer consiguió,
por poco, vencer a Lothar, la muerte del gran héroe no tuvo el efecto que el Jefe
había esperado.
Turalyon, el teniente en el que más confiaba Lothar, recogió el escudo manchado
de sangre de Lothar y reunió a sus afligidos hermanos para un salvaje contraataque.
Bajo los andrajosos estandartes de Lordaeron y Azeroth, las tropas de
Turalyon masacraron una gran parte de las fuerzas restantes de Doomhammer en
una gloriosa y terrible avanzada. Los pocos malparados orcos que sobrevivieron no
tenían más que una salida, huir hacia el último bastión del poder orco que seguía
en pie: el Portal Oscuro.
Turalyon y sus guerreros persiguieron a los orcos restantes a través de la purulenta
Ciénaga de los Lamentos, hacia las corruptas Tierras Malditas en las que se erigía
el Portal Oscuro. Ahí, al pie del colosal Portal, la Horda, destruida, y la Alianza,
inquebrantable, se enzarzaron en la que sería la última y más sangrienta batalla de
la Segunda Guerra. Los orcos, inferiores en número y trastornados por la maldición
de su sed de sangre, cayeron inevitablemente bajo la ira de la Alianza.
Doomhammer fue hecho prisionero y escoltado hasta Lordaeron mientras sus deshechos
clanes eran hostigados y empujados hacia el norte, de regreso a Lordaeron.


Más allá del Portal Oscuro

Sólo unos pocos meses después de la finalización de Nethergarde, las
energías del Portal Oscuro se fundieron para abrir una nueva puerta a
Draenor. Los clanes orcos que quedaban, bajo el liderazgo del Chamán
Anciano, Ner’zhul, cargaron una vez más contra Azeroth. Resueltos a robar
algunos artefactos mágicos que aumentarían el poder de Ner’zhul, los
orcos planearon abrir en Draenor nuevos Portales que les permitirían escapar
para siempre de su mundo rojo condenado.
Convencido de que Ner’zhul planeaba una nueva ofensiva contra la Alianza,
el Rey Terenas de Lordaeron envió a sus ejércitos a Draenor para acabar con
la amenaza orca de una vez por todas. Dirigidos por Khadgar y el General
Turalyon, las fuerzas de la Alianza se enfrentaron a los orcos en el ardiente
paisaje. A pesar de la ayuda de la guardabosque elfa Alleria, el enano
Kurdran y el veterano soldado Danath, Khadgar no logró impedir que
Ner’zhul abriera sus Portales a otros mundos.
Las terribles tormentas mágicas que provocaron las energías convergentes
de los Portales empezaron a desgarrar ese mundo asolado. Ner’zhul,
seguido sólo por sus más fieles sirvientes, logró escapar atravesando uno
de los Portales mientras Khadgar luchaba desesperadamente por hacer
regresar a sus compañeros a Azeroth. Cuando se dieron cuenta de que
quedarían atrapados en el mundo moribundo, Khadgar y sus compañeros
decidieron destruir altruistamente el Portal Oscuro para que Azeroth no
resultara dañada por la violenta destrucción de Draenor. Por lo que se
dice, los héroes lograron destruir el Portal y salvaron Azeroth, pero todavía
queda por ver si lograron escapar a la agonía de Draenor.
La Batalla de Grim Batol
Después de la destrucción del segundo Portal Oscuro, la Alianza logró
reunir a la mayor parte de los clanes orcos renegados que todavía quedaban
en Azeroth. Los campos de internamiento de orcos, que se construyeron
poco después de Segunda Guerra, estaban a rebosar y eran custodiados
en todo momento. Aunque el recién llegado clan de los Warsong
había escapado hasta entonces a la ira de la Alianza, sólo había un grupo
lo suficientemente grande y fuerte para alterar la frágil paz que se había
establecido en Lordaeron: el clan Dragonmaw.
El clan Dragonmaw, liderado por el insidioso brujo Nekros, había conquistado
y mantenido una amplia zona del Khaz Modan septentrional, utilizando
dragones y pequeñas unidades de soldados de a pie. Nekros mantenía
su poder sobre la Reina de los Dragones, Alexstrasza, y su ejército
de dragones rojos voladores gracias a un potente artefacto conocido
como Alma de Demonio. Nekros estableció su base en el antiguo bastión
enano de Grim Batol, construyó un gran ejército y planeó reunir a la fallida
Horda. Pero a pesar del poder del brujo, la intervención del temerario
mago Rhonin arruinó los planes de Nekros. Rhonin y sus compañeros,
ayudados por guerreros de la resistencia enana, lograron destruir el Alma
de Demonio y liberaron a Alexstrasza del control orco. Los vengativos
dragones rojos incineraron al clan de los Dragonmaw y acabaron definitivamente
con el último bastión del poder orco del mundo.
Con la muerte de Nekros, el último brujo orco, los orcos, abandonados en
los concurridos campos de internamiento, cayeron en un letargo atroz.
Despojados de su voluntad de luchar e incluso de la de morir, los orcos
perdieron toda conciencia de sí mismos como guerreros y también los
rasgos de la orgullosa cultura que les había dado vida.


La escisión de la Alianza

En los años que siguieron a la derrota de la Horda, los líderes de las diversas naciones
de la Alianza comenzaron a discutir y altercar sobre propiedades territoriales y la disminución
de su influencia política. El Rey Terenas de Lordaeron, el patrono de la
Alianza, empezó a sospechar que el frágil pacto que habían forjado en su hora más
oscura no duraría mucho tiempo. Terenas había convencido a los líderes de la Alianza
para que invirtieran dinero y trabajadores para ayudar a reconstruir la ciudad de
Stormwind, que había sido destruida durante la ocupación orca de Azeroth. Esos
impuestos, unidos al enorme gasto que suponía mantener y hacer funcionar los numerosos
campos de internamiento orcos, llevaron a muchos dirigentes, en concreto a
Genn Greymane de Gilneas, a creer que sus reinos estarían mejor si se separaban de la
Alianza.
Para empeorar aún más las cosas, los bruscos altos elfos de Silvermoon retiraron su
apoyo a la Alianza y declararon que el precario liderazgo humano había llevado a
la quema de sus bosques durante la Segunda Guerra. A pesar de que Terenas recordó
con mucho tacto a los elfos que no habría quedado nada de Quel’Thalas si no
hubiera sido por los valientes humanos que habían dado sus vidas para defenderla,
los elfos, tercamente, decidieron tomar su propio camino. Poco después de la
partida de los elfos, Gilneas y Stromgarde levantaron el campamento y se marcharon.
Aunque la Alianza estaba fragmentándose, el Rey Terenas todavía tenía aliados con
los que podía contar. Tanto el Almirante Proudmoore de Kul Tiras como el joven
Rey de Azeroth, Varian Wrynn, permanecieron fieles a la Alianza. Asimismo, los
magos del Kirin Tor, guiados por el Archimago Antonidas, ofrecieron el inquebrantable
apoyo de Dalaran al reinado de Terenas. Fue especialmente bienvenido el
compromiso del poderoso Rey enano, Magni Bronzebeard, que juró que los enanos
de Ironforge estarían eternamente en deuda de honor con la Alianza por haber
liberado a Khaz Modan del control de la Horda.


Una nueva generación

Pasaron los años y las tensiones iban disminuyendo: por fin se estableció una paz
duradera en Lordaeron. El Rey Terenas y el Arzobispo Alonsus Faol trabajaron sin
cesar para reconstruir su reino y llevar ayuda al resto de naciones de la Alianza. El
reino meridional de Azeroth prosperó y volvió a convertirse en una potencia militar
bajo el visionario liderazgo del Rey Wrynn. Uther el Portador de la Luz, el
comandante supremo de la Orden de los Paladines, mantuvo la paz en Lordaeron
solventando disputas civiles y sofocando levantamientos semihumanos por todo el
reino. El Almirante Proudmoore, cuya potente flota patrullaba las líneas comerciales
persiguiendo a piratas y maleantes, mantenía el orden en alto mar. Pero eran las
hazañas de una nueva generación de héroes las que capturaban la imaginación del
pueblo.
El único hijo del Rey Terenas, Arthas, se había convertido en un hombre fuerte y
seguro de sí mismo. El joven Príncipe había sido educado como un guerrero por
Muradin Bronzebeard, hermano del Rey Magni de Ironforge, y, a pesar de su
juventud, era considerado uno de los mejores espadachines de Lordaeron. A la
tierna edad de diecinueve años, Arthas fue introducido en la Orden de la Mano de
Plata, que por aquel entonces estaba bajo el mando de Lord Uther. El bondadoso
Uther, que había sido como un hermano para el Rey Terenas durante años,consideraba
al Príncipe más como un sobrino favorito que como un alumno.
Aunque era testarudo y algo arrogante, nadie podía poner en duda el
valor y la tenacidad de Arthas. Cuando los escuadrones de trolls de
Zul’Aman empezaron sus incursiones a los asentamientos de la frontera
de Quel’Thalassian, Arthas fue raudo a perseguir a los salvajes y a poner
fin a sus saqueos.
Sin embargo, a pesar de sus actos heroicos, los ciudadanos de Lordaeron
se obsesionaron con la vida personal del joven Príncipe. En el reino empezaron
a correr rumores sobre un posible romance entre Arthas y Lady Jaina
Proudmoore. Jaina era la hija menor del Almirante Proudmoore y una
amiga de infancia de Arthas. Sin embargo, la hermosa pero tímida joven
era también la alumna más brillante del Kirin Tor, el Consejo de los Magos
de Dalaran. Bajo la tutela del venerado Archimago Antonidas, Jaina se
revelaba como un futuro prodigio y destacaba en el estudio y la investigación
de la magia. A pesar de los rigores de sus deberes, Arthas y Jaina
consiguieron mantener una estrecha relación. Dada la edad del Rey
Terenas y su declinante salud, los ciudadanos estaban satisfechos al ver
que su amado Príncipe se casaría y prolongaría la línea de sangre real.
Incómodos por la atención pública, Arthas y Jaina mantenían su relación
tan privada como les era posible. Pero Jaina, entregada a sus estudios en
Dalaran, sabía que su romance no podía durar. Había estudiado las vías de
la magia durante toda su vida y sabía que la verdadera llamada era la búsqueda
del conocimiento, no las ceremonias del trono. Ante la frustración
de los ciudadanos de Lordaeron, los dos amantes separaron reluctantes
sus caminos y se centraron de nuevo en sus deberes.


El regreso de las Sombras

Después de casi trece años de paz, empezaron a circular de nuevo rumores
de una guerra. Los agentes del Rey informaron de que un joven Jefe
advenedizo se había alzado y había reunido a los pocos clanes orcos que
quedaban para formar una fuerza de combate de elite. El joven Jefe tenía la
intención de arrasar los campos de internamiento y liberar a su gente de
sus cadenas. La “Nueva Horda”, que así se venía a llamar, había atacado
descaradamente la ciudad septentrional de Stratholme en un intento de
rescatar a uno de sus guerreros prisioneros. La Horda había destruido
Durnholde, la fortaleza que supervisaba la seguridad en los campos de
internamiento, y había asesinado a los oficiales que la dirigían. El Rey
Terenas envió a Uther y a sus Paladines para sofocar el levantamiento del
Jefe orco, pero los astutos orcos jamás fueron hallados. El joven Jefe
demostró ser un genio táctico y eludió los mejores intentos de Uther de
rodear sus ataques relámpago.
En medio de la tensión del nuevo levantamiento orco, el Rey Terenas fue
interrumpido para recibir malas noticias de otro frente. Corría el rumor de
que en las provincias del norte se habían formado un determinado número
de supuestos “cultos de muerte”. Los cultos atraían a los ciudadanos
insatisfechos de Lordaeron, a aquellos privados de sus derechos, y les
ofrecían “vida eterna” en la tierra como una alternativa a servir al Rey.
Después de muchos años de paz y tranquilidad, el Rey Terenas supo que
los problemas de su tierra habían apenas comenzado. Se consoló pensando
que Lordaeron había resistido a todas las pruebas que se habían cruzado
en su camino y que sus defensores, tanto los nuevos como los viejos,
harían que llegara a ver un nuevo amanecer …



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Última edición por el Vie Ene 11, 2008 1:13 pm, editado 4 veces
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MensajeTema: Re: WarcrafT: Historias   Jue Ene 10, 2008 12:02 am

Orcos: La Horda

Historia de los Orcos
Gul’dan y la traición

En los últimos días de la Segunda Guerra, cuando la victoria de la Horda sobre la
Alianza parecía casi asegurada, estalló una terrible enemistad entre los dos orcos
más poderosos de Azeroth. El nefario brujo, Gul’dan, maestro del clandestino
Consejo de las Sombras, dirigió a algunos clanes renegados contra el poderoso
Orgrim Doomhammer, el Jefe de la Horda. Mientras Doomhammer preparaba su
ataque final contra la Capital de Lordaeron, un ataque que habría aplastado los
últimos restos de la Alianza, Gul’dan y sus clanes renegados abandonaron sus
puestos y se hicieron a la mar. Doomhammer quedó perplejo: había perdido casi
la mitad de lo que quedaba de sus fuerzas a causa de la traición de Gul’dan y se
vio forzado a retroceder y renunciar a la mejor oportunidad que se le presentaría
de lograr la victoria sobre la Alianza.
Gul’dan, hambriento de poder, se obsesionó con la idea de alcanzar la divinidad y
partió en una búsqueda desesperada de la Tumba de Sargeras, un tesoro sumergido
que creía que contenía los secretos del poder definitivo. Ya había condenado a
sus compañeros orcos a convertirse en esclavos de la Legión de Fuego y su supuesto
deber para con Doomhammer había perdido toda relevancia. Respaldado por los
clanes de Stormreaver y Twilight, Gul’dan logró alzar la Tumba de Sargeras del
fondo del mar. Sin embargo, cuando por fin abrió la inundada y antigua sepultura,
encontró sólo unos demenciales demonios que lo estaban esperando.
Doomhammer quería castigar a los caprichosos orcos por la traición que tan cara
había pagado: envió a sus fuerzas a asesinar a Gul’dan y a traer a los renegados de
vuelta al redil. Gul’dan había sido destrozado por los demonios enloquecidos que
él mismo, en su imprudencia, había liberado. Con su líder muerto, los clanes renegados
no tardaron en caer ante las enfurecidas legiones de Doomhammer. Aunque
la rebelión había sido sofocada, la Horda no era capaz de rehacerse de las terribles
pérdidas que había sufrido. La traición de Gul’dan había dado a la Alianza algo más
que esperanza... Le había dado tiempo. Tiempo para reagruparse y contraatacar.
Lord Lothar, al ver que la Horda estaba fragmentándose en su interior, reunió a sus
restantes fuerzas y empujó a la Horda hacia el sur, de regreso hacia el desolado
interior de su propia patria: Azeroth. Una vez allí, las fuerzas de la Alianza acorralaron
a la Horda, que se batía en retirada, dentro de la fortaleza volcánica de la
Torre de Rocanegra.
Aunque Lord Lothar cayó en combate a la base de la Torre, su teniente Turalyon
reunió a las fuerzas de la Alianza en la undécima hora y empujó a la Horda hasta la
abismal Ciénaga de los Lamentos. Las fuerzas de Turalyon lograron destruir el Portal
Oscuro, la puerta mística que conectaba a los orcos al oscuro y rojo mundo del que
provenían: Draenor. Privada de sus refuerzos de Draenor y fracturada por la incesante
lucha, la Horda finalmente cayó de rodillas ante las potentes fuerzas de la
Alianza.
Los dispersos clanes orcos fueron rápidamente reunidos y llevados a vigilados
campos de internamiento. Aunque parecía que la Horda había sido
derrotada para siempre, había quien, con gran escepticismo, albergaba
serias dudas de que la paz fuera a durar. Khadgar, el anterior aprendiz de
Medivh, convenció al alto mando de la Alianza para que construyese la
fortaleza de Nethergarde, que vigilaría las ruinas del Portal Oscuro y se
aseguraría de que no llegasen más invasiones desde Draenor.


Ner’zhul y los clanes de las sombras

A medida que se extinguían los fuegos de la Segunda Guerra, la Alianza
tomó tajantes medidas para contener la amenaza orca. En el sur de
Lordaeron se construyeron unos enormes campos de internamiento pensados
para albergar a los orcos prisioneros. Custodiados tanto por los paladines
como por los soldados veteranos de la Alianza, los campos demostraron
ser un gran éxito. Aunque los orcos prisioneros se mostraban tensos
y ansiosos de volver a la lucha, los guardianes de los campos, que
habían establecido su base en la antigua prisión-fortaleza de Durnholde,
mantenían la paz y una sólida apariencia de orden.
Sin embargo, en el mundo infernal de Draenor un nuevo ejército orco se
preparaba para atacar a la confiada Alianza. El Chamán Anciano Ner’zhul,
antiguo mentor de Gul’dan, había reunido bajo su oscuro estandarte al
puñado de clanes que aún quedaban en Draenor. Ner’zhul planeaba abrir
sobre Draenor varios portales que llevarían a la Horda a nuevos mundos.
Para dar energía a sus nuevos portales, Ner’zhul necesitaba varios artefactos
encantados de Azeroth. Y para procurárselos, Ner’zhul volvió a abrir el
Portal Oscuro y envió a sus voraces clanes a través de él.
La nueva Horda, comandada por veteranos jefes como Grom Hellscream
del clan Warsong y Kilrogg Deadeye del clan Bleeding Hollow, sorprendió
a las fuerzas de defensa de la Alianza y se abrió un camino de destrucción
a través del campo. Bajo el comando de Ner’zhul, los orcos reunieron rápidamente
los artefactos que necesitaban y volvieron a la seguridad de
Draenor.
El Rey Terenas de Lordaeron, convencido de que los orcos estaban preparando
una nueva invasión de Azeroth, congregó a sus tenientes más
leales. Ordenó al General Turalyon y al mago Khadgar que dirigieran una
expedición a través del Portal Oscuro y pusieran fin a la amenaza orca de
una vez para siempre. Las fuerzas de Turalyon y Khadgar marcharon hacia
Draenor y se enfrentaron repetidamente con los clanes de Ner’zhul en la
asolada Península de Fuego del Infierno. Aunque ninguna de las dos partes
ganaba terreno, era evidente que nada podría impedir que Ner’zhul
completara sus abominables planes.
Ner’zhul logró abrir sus portales hacia otros mundos, pero no imaginó el
terrible precio que tendría que pagar. Las tremendas energías de los portales
empezaron a desgarrar la misma esencia de Draenor. Mientras las
fuerzas de Turalyon luchaban desesperadamente para volver a casa en
Azeroth, el mundo de Draenor empezó a retorcerse. Grom Hellscream y
Kilrogg Deadeye, dándose cuenta de que los locos planes de Ner’zhul
condenarían a toda su raza, reunieron a los orcos restantes y escaparon de
regreso hacia la relativa seguridad de Azeroth. Cuando Hellscream y
Deadeye se abrían camino a través de las filas humanas en una desesperada
tentativa de alcanzar la libertad, de repente el Portal Oscuro explotó
a sus espaldas. No habría vuelta atrás para ellos y para todos los demás
orcos que quedaban en Azeroth...
Ner’zhul y su clan Shadowmoon pasaron a través de los portales recién abiertos
mientras los continentes de Draenor eran destruidos por unas ingentes erupciones
volcánicas. Los hirvientes mares se alzaron y cubrieron el desolado paisaje.
Después, el torturado mundo se consumió finalmente en una explosión apocalíptica.


El día del Dragón

Aunque Grom Hellscream y el clan Warsong lograron evitar ser capturados, Deadeye
y el clan Bleeding Hollow fueron hechos prisioneros y conducidos a los campos de
internamiento de Lordaeron. A pesar de los costosos levantamientos, los guardianes
de esos campos no tardaron en restablecer el control de sus brutales cargos.
Sin embargo, sin que lo supieran los agentes de la Alianza, una enorme fuerza de
orcos aún deambulaba, libre, por las inmensidades del norte de Khaz Modan. El
clan Dragonmaw, dirigido por el infame brujo Nekros, había mantenido el control
de la Reina de los Dragones, Alexstrasza, y su ejército de dragones voladores, sirviéndose
de un antiguo artefacto conocido como Alma de Demonio. Con la Reina
de los Dragones como rehén, Nekros construyó un ejército secreto en Grim Batol,
un bastión enano abandonado. Nekros planeaba desatar a sus fuerzas y a los poderosos
dragones rojos sobre la Alianza y esperaba reunir a la Horda y continuar su
conquista de Azeroth. Sin embargo, un pequeño grupo de guerreros de la resistencia
comandados por el mago humano Rhonin logró destruir el Alma de
Demonio y liberar a la Reina de los Dragones del poder de Nekros.
En su furia, los dragones de Alexstrasza destruyeron Grim Batol e incineraron a la
mayor parte del clan Dragonmaw. Los grandes planes de reunificación de Nekros
se iban derrumbando mientras las tropas de la Alianza capturaban a los supervivientes
orcos y los arrojaban a los campos de internamiento que les estaban esperando.
La derrota del clan Dragonmaw marcó el final de la Horda y el final de la
furiosa sed de sangre de los orcos.


Letargo e internamiento

Los meses pasaban y cada vez eran más los prisioneros orcos capturados y hechos
prisioneros en los campos de internamiento. Cuando los campos empezaron a desbordarse,
la Alianza se vio obligada a construir nuevos campos en las planicies del
sur de las Montañas Alterac. Para poder mantener adecuadamente el creciente
número de campos, el Rey Terenas estableció un nuevo impuesto a las naciones de
la Alianza. Este impuesto alimentó las disensiones entre los líderes de la Alianza,
que ya se mostraban descontentos a causa de las crecientes tensiones políticas que
derivaban de las discusiones fronterizas. Parecía que ese frágil pacto que las naciones
humanas habían fraguado en su hora más oscura podía romperse en cualquier
momento.
En medio de esa confusión política, muchos de los guardianes de los campos
empezaron a notar un inquietante cambio en sus prisioneros orcos. Sus esfuerzos
por escapar de los campos habían ido disminuyendo con el tiempo. Ni siquiera
peleaban entre ellos con la misma frecuencia que antes. Los orcos estaban volviéndose
más letárgicos y distantes. Aunque era difícil de creer, los orcos, que una
vez habían sido la raza más agresiva que jamás se hubiera visto en Azeroth, habían
perdido
por completo su voluntad de luchar. Ese extraño letargo confundió a los
líderes de la Alianza y fue extendiéndose entre los orcos que se iban
debilitando
rápidamente.
Había quien conjeturaba que la causa del desconcertante letargo de los
orcos podía ser alguna enfermedad extraña que sólo les afectaba a ellos.
Sin embargo, el Archimago Antonidas de Dalaran expuso una hipótesis
diferente. Investigando entre lo poco que pudo encontrar sobre la historia
orca, Antonidas averiguó que durante muchas generaciones los orcos
habían estado bajo la atroz influencia de un poder demoníaco (o de
magias de brujo). Pensó que esos poderes demoníacos habían corrompido
a los orcos por incluso antes de su primera invasión de Azeroth. Era
evidente que los demonios habían cortado la sangre de los orcos, cosa
que aseguraba a esas bestias una fuerza, una resistencia y una agresividad
sobrenaturales.
Antonidas explicó su teoría de que el letargo comunitario de los orcos no
era una enfermedad real sino una abstinencia racial a largo plazo: la extinción
de las volátiles brujerías que los habían convertido en unos aterradores
guerreros sedientos de sangre. Aunque los síntomas estaban claros,
Antonidas no fue capaz de encontrar una cura para los orcos. Muchos de
sus compañeros magos, así como algunos notables líderes de la Alianza,
argumentaron que encontrar una cura para los orcos sería una empresa
imprudente. Antonidas, después de reflexionar sobre la misteriosa condición
de los orcos, concluyó que la única cura para su mal tenía que ser una
cura espiritual…


El relato de Thrall


Durante los días oscuros de la Primera Guerra, un astuto oficial humano de
nombre Aedelas Blackmoore encontró un infante orco abandonado en los
bosques. El niño orco, a quien Blackmoore bautizó acertadamente con un
nombre de esclavo, Thrall, fue llevado a la prisión fortaleza de Durnholde.
Allí Blackmoore educó al joven orco para que fuera un esclavo y un gladiador.
Quería hacer del joven orco no sólo un guerrero sin igual sino también
un líder culto. Blackmoore esperaba que Thrall tomara las riendas de
la Horda para poder dominar a los hombres por medio de él.
Pasaron diecinueve años y Thrall se convirtió en un orco fuerte e ingenioso.
Pero su joven corazón sabía que la vida de esclavo no era para él.
Mientras crecía, habían ocurrido muchas cosas en el mundo que se encontraba
fuera de la fortaleza. Aprendió que su pueblo, los orcos (a quienes
jamás había encontrado) habían sido derrotados y encerrados en campos
de internamiento en las tierras humanas, y que Doomhammer, el líder de
su gente, había escapado de Lordaeron y se había escondido. Sabía que
sólo quedaba un clan solitario que aún operaba en secreto, intentando no
atraer la mirada vigilante de la Alianza.
Thrall, un joven lleno de recursos aunque con poca experiencia, decidió
escapar de la fortaleza de Blackmoore e ir en busca de sus semejantes. Así
lo hizo. En sus viajes, Thrall visitó los campos de internamiento y encontró
a su raza, antaño poderosa, tímida y aletargada. No habiendo encontrado
a los orgullosos guerreros que esperaba conocer, Thrall partió en
busca del último jefe orco, el invencible Grom Hellscream.
A pesar de que era perseguido constantemente por los humanos,
Hellscream aún se aferraba a la insaciable voluntad guerrera de la Horda.
Ayudado sólo por los devotos miembros del clan Warsong, Hellscream
seguía librando una guerra clandestina para liberar de la opresión a su
pueblo prisionero. Por desgracia, Hellscream no logró jamás encontrar
una forma de despertar de su aletargamiento a los orcos cautivos. El
impresionable
Thrall, inspirado por el idealismo de Hellscream, desarrolló una fuerte simpatía por
la Horda y sus tradiciones guerreras.
Buscando sus verdaderos orígenes, Thrall viajó hacia el norte para encontrar al
legendario clan Frostwolf. Thrall averiguó que Gul’dan había exiliado a los
Frostwolves durante los lejanos días de la Primera Guerra. También descubrió que
era el hijo y heredero del héroe orco Durotan, el legítimo jefe de los Frostwolves,
que había sido asesinado en los bosques veinte años antes…
Bajo la tutela del venerable chamán Drek’Thar, Thrall estudió la antigua cultura chamánica
de su pueblo que había sido olvidada bajo el malvado mandato de Gul’dan.
Con el tiempo, Thrall se convirtió en un poderoso chamán y ocupó su legítimo
puesto como jefe de los exiliados Frostwolves. Habilitado con la energía de los mismísimos
elementos y decidido a encontrar su destino, Thrall partió para liberar a los
clanes cautivos y curar a su raza de la corrupción demoníaca.
En sus viajes, Thrall encontró al anciano Jefe Orgrim Doomhammer, que había vivido
como un ermitaño durante años. Doomhammer, que había sido un buen amigo
del padre de Thrall, decidió seguir al joven orco visionario y ayudarle a liberar a los
clanes prisioneros. Apoyado por muchos de los jefes veteranos, Thrall logró por fin
revitalizar la Horda y dar a su gente una nueva identidad espiritual.
Para simbolizar el renacimiento de su gente, Thrall regresó a la fortaleza de
Blackmoore de Durnholde y puso fin a los planes de su antiguo señor asediando
los campos de internamiento. Pero Doomhammer cayó en combate durante la liberación
de uno de los campos. Thrall recogió el legendario martillo de guerra de
Doomhammer y se puso su armadura negra y plata para convertirse en el nuevo
Jefe de la Horda. En los meses que siguieron, la pequeña pero incendiaria Horda
de Thrall arrasó los campos de internamiento y frustró los mejores intentos de la
Alianza para contrarrestar sus inteligentes estrategias. Alentado por su mejor
amigo y mentor, Grom Hellscream, Thrall trabajó para asegurarse de que ningún
orco volviera a ser hecho esclavo jamás. Ni por humanos ni por demonios.




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MensajeTema: Re: WarcrafT: Historias   Jue Ene 10, 2008 12:03 am

Muertos vivientes: El Azote

Historia de los Muertos
El chamán Ner’zhul: los orígenes del Rey Lich

Los clanes orcos, unidos al mundo de Draenor por una noble cultura chamánica
durante miles de años, no sabían nada sobre corrupción o decadencia espiritual. Sin
embargo, los siniestros agentes de la Legión de Fuego quisieron utilizarlos para forjar
un ejército voraz e imparable. El astuto demonio Kil’jaeden, el número dos de
la Legión, vio en los salvajes guerreros un gran potencial para el asesinato y el
derramamiento de sangre y decidió corromper su tranquila sociedad desde dentro.
Kil’jaeden se presentó al líder más respetado de los orcos, el chamán anciano
Ner’zhul, y le prometió que otorgaría a los orcos un gran poder y los convertiría en
los indiscutibles dueños del mundo. Incluso ofreció al viejo chamán un conocimiento
místico ilimitado si aceptaba vincular su persona y su gente a la voluntad
de la Legión. Ner’zhul era calculador y ambicioso por naturaleza y aceptó la oferta
de Kil’jaeden: hizo un Pacto de Sangre con el demonio. Con ese pacto Ner’zhul
había sellado el destino de los orcos y los había condenado a convertirse, sin quererlo,
en esclavos de la Legión de Fuego.
Pasado un tiempo, Kil’jaeden vio que Ner’zhul no tenía la voluntad o la audacia
necesarias para llevar hasta el final su plan de convertir a los orcos en la Horda
sedienta de sangre. Ner’zhul, que se había dado cuenta de que su pacto con
Kil’jaeden significaría la aniquilación de su raza, se negó a seguir ayudando al
demonio. Enfurecido por la rebeldía del chamán, Kil’jaeden juró vengarse de
Ner’zhul y aseguró que corrompería a los orcos incluso contra su voluntad.
Kil’jaeden encontró un nuevo aprendiz deseoso de llevar a los orcos hacia el camino
de la alineación: ese aprendiz era Gul’dan, el perverso protegido de Ner’zhul.
Con la ayuda de Kil’jaeden, Gul’dan completó con éxito aquello en lo que su maestro
había flaqueado. El malvado y ambicioso orco abolió la antigua práctica del chamanismo
(que sustituyó con el estudio de las demoníacas magias de brujo) y unió
los clanes orcos en la voluble Horda que Kil’jaeden había imaginado. Ner’zhul,
impotente e incapaz de detener al que había sido su aprendiz, sólo podía mirar el
dominio con que Gul’dan transformaba a los orcos en agentes de destrucción despojados
de toda voluntad propia.
Pasaron los años mientras Ner’zhul reflexionaba en silencio en el rojo mundo de
Draenor: observó a su gente perpetrar la primera invasión de Azeroth, oyó los relatos
de la Segunda Guerra de los orcos contra la Alianza de Lordaeron y fue testigo
de la traición y corrupción que parecía estar destruyendo a su pueblo desde dentro.
A pesar de que Gul’dan era quien dominaba el oscuro destino de la Horda,
Ner’zhul sabía que era él el único responsable puesto que había puesto todo el
mecanismo en marcha.
Poco después del final de la Segunda Guerra, la noticia de la derrota de la
Horda llegó hasta los orcos que habían permanecido en Draenor. Cuando
supo que la Horda había fracasado en el cumplimiento de la misión de
conquistar Azeroth, Ner’zhul temió que Kil’jaeden y la Legión tomaran
represalias contra los orcos que quedaban. Para escapar de la inminente
cólera de Kil’jaeden, Ner’zhul abrió varios portales místicos que llevaban a
mundos nuevos e incontaminados. El viejo chamán reunió a los clanes
orcos que quedaban y planeó dirigirlos a través de uno de los portales
hacia un nuevo destino.
Antes de que pudiera poner su plan en práctica, Ner’zhul se vio obligado
a vérselas con una expedición que la Alianza había enviado a Draenor para
destruir a los orcos para siempre. Los leales clanes de Ner’zhul lograron
mantener a raya a las fuerzas de la Alianza mientras el viejo chamán abría
los terribles portales mágicos. Horrorizado, Ner’zhul se dio cuenta de que
las tremendas energías de los portales desgarraban el mismísimo centro
de Draenor. Mientras las fuerzas de la Alianza empujaban a los orcos a las
profundidades de ese mundo infernal, Draenor empezó a plegarse sobre
sí mismo. Viendo que los clanes combatientes no llegarían jamás a tiempo
a los portales, Ner’zhul los abandonó egoístamente a su suerte y escapó
con sus más fervientes seguidores a la zaga. El malvado grupo de orcos
atravesó el portal que habían elegido justo en el momento en el que
Draenor saltaba en pedazos en una explosión apocalíptica. El viejo chamán
se creyó afortunado por haber escapado a la muerte …
Irónicamente, viviría lo suficiente para arrepentirse de su ingenuidad.


Kil’Jaeden y el Nuevo Pacto

Justo cuando Ner’zhul y sus seguidores entraban en el Averno Astral, el
plano etéreo que conecta todos los mundos dispersos en la Gran
Oscuridad del Mas Allá, cayeron en una emboscada de Kil’jaeden y sus
demoníacos secuaces. Kil’jaeden, que había jurado vengarse del orgulloso
desafío de Ner’zhul, torturó sin piedad al viejo chamán descuartizando
lentamente su cuerpo. Kil’jaeden mantuvo el espíritu del chamán vivo e
intacto para que Ner’zhul fuera dolorosamente consciente del desmembramiento
de su cuerpo. Aunque Ner’zhul rogó al demonio que liberara su
espíritu y le concediera la muerte, el demonio replicó en tono oscuro que
el Pacto de Sangre que habían sellado tiempo atrás aún era vinculante y
que volvería a servirse de su caprichoso títere una vez más.
El fracaso de los orcos en la conquista de Azeroth, tal y como esperaba la
Legión, forzó a Kil’jaeden a crear un nuevo ejército para sembrar el caos
en todos los reinos de la Alianza. No se permitiría a este nuevo ejército
ser presa de las mismas luchas internas y rivalidades insignificantes que
habían envenenado a la Horda. Tendría que ser obstinado, despiadado e
inquebrantable en su misión. Esta vez Kil’jaeden no podía fallar.
Mientras mantenía el torturado e indefenso espíritu de Ner’zhul en éxtasis,
Kil’jaeden le dio una última oportunidad: servir a la Legión o sufrir un
tormento eterno. Una vez más, Ner’zhul pactó temerariamente con el
demonio.
Es espíritu de Ner’zhul fue colocado en un bloque especial de hielo duro
como el diamante recogido en los confines del Averno Astral. Encerrado
en el casco helado, Ner’zhul notó que su conciencia se centuplicaba.
Envuelto por los caóticos poderes del demonio, Ner’zhul se convirtió en
un ser espectral de inconmensurable poder. En ese momento, el orco
conocido como Ner’zhul desapareció para siempre... y nació el Rey
Lich.También los leales caballeros de la muerte de Ner’zhul y sus
seguidores brujos fueron
transformados por las caóticas energías del demonio. Los malvados lanzadores
de conjuros fueron despedazados y reconstruidos como liches esqueléticos. Los
demonios se habían asegurado de que los seguidores de Ner’zhul lo sirvieran
incondicionalmente incluso en la muerte.
Cuando llegó el momento adecuado, Kil’jaeden explicó pacientemente la misión
para la que había creado al Rey Lich: Ner’zhul tenía que extender una plaga de
muerte y terror por todo Azeroth, una plaga que acabaría con la civilización humana
para siempre. Todos aquellos que murieran a causa de la temida plaga se alzarían
como muertos vivientes y sus espíritus estarían ligados a la férrea voluntad de
Ner’zhul para siempre. Kil’jaeden prometió que si Ner’zhul cumplía su oscura
misión y eliminaba a la humanidad del mundo, lo liberaría de su maldición y le procuraría
un nuevo cuerpo sano en el que vivir.
Aunque Ner’zhul parecía dispuesto e incluso ansioso por interpretar su papel,
Kil’jaeden dudaba de la lealtad de su títere. Al mantener al Rey Lich sin cuerpo y
atrapado en el arca de cristal, se aseguraba su buena conducta a corto plazo, pero
el demonio sabía que tendría que vigilarlo constantemente. Con este fin, Kil’jaeden
convocó a su elite de guardias demoníacos, los vampíricos Señores del terror y les
ordenó que vigilaran a Ner’zhul y se aseguraran de que cumplía su terrible tarea.
Tichondrius, el más poderoso y astuto de los Señores del terror, aceptó el reto fascinado
por el rigor de la plaga y por el desenfrenado potencial para el genocidio
del Rey Lich.


La Corona de Hielo y el Trono de Hielo

Kil’jaeden lanzó el arca de hielo de Ner’zhul al mundo de Azeroth. El cristal endurecido
atravesó como un rayo el cielo de la noche y se estrelló en el desolado continente
ártico de Northrend. Quedó enterrado en las profundas y sombrías galerías
del glaciar Corona de Hielo. El cristal congelado, deformado y marcado por su violento
descenso, parecía ahora un trono... y el espíritu vengativo de Ner’zhul se agitaba
en su interior.
Desde los confines del Trono de Hielo, Ner’zhul empezó a expandir su vasta conciencia
y a tocar las mentes de los habitantes de Northrend. Esclavizó con sorprendente
facilidad las mentes de muchas criaturas indígenas, como trolls de hielo
y fieros wendigos, y arrastró a sus malvados hermanos hasta su creciente sombra.
Descubrió que sus poderes psíquicos eran casi ilimitados y los utilizó para crear un
pequeño ejército al que albergó en los retorcidos laberintos de la Corona de Hielo.
Mientras el Rey Lich dominaba sus crecientes poderes bajo la persistente vigilancia
de los Señores del terror, descubrió un remoto asentamiento humano en la periferia
de la Tierra de los Dragones. Ner’zhul decidió poner a prueba sus poderes y
también a la terrible plaga utilizando a los desprevenidos humanos como objetivo.
Ner’zhul envió la plaga de los muertos vivientes que había tenido origen en la profundidad
del Trono de Hielo hacia los páramos árticos. Controlando la plaga tan
solo con su voluntad, la condujo directamente hacia la aldea humana: en tres días
todas las almas humanas del lugar estaban muertas, y en un periodo de tiempo sorprendentemente
breve los aldeanos muertos empezaron a alzarse como cuerpos
zombificados. Ner’zhul podía sentir cada uno de sus espíritus y pensamientos como
si fueran los suyos propios. La agitación cacofónica de su mente hizo a Ner’zhul
todavía
más poderoso, como si los espíritus le proporcionaran un alimento
largamente ansiado. Se dio cuenta de que controlar las acciones de los
zombis
y dirigirlos hacia donde él quisiera era un juego de niños.
En los meses siguientes, Ner’zhul continuó experimentando con su plaga
de muertos vivientes al subyugar a todos los habitantes humanos de
Northrend. Con un ejército de muertos vivientes que crecía cada día, sabía
que el momento de su prueba definitiva estaba cerca.


La guerra de las arañas

Durante diez largos años, Ner’zhul construyó su base de poder en
Northrend. Se erigió una gran ciudadela sobre la Corona de Hielo atendida
por legiones de muertos vivientes cada vez más numerosas. Sin
embargo, mientras el Rey Lich extendía su influencia por la tierra, un solitario
y sombrío imperio se oponía a su poder. El antiguo y subterráneo
reino de Azjol-Nerub, que había sido fundado por una raza de siniestras
arañas humanoides, envió a su elite guerrera a atacar la Corona de Hielo y
acabar con el loco intento de dominio del Rey Lich. Ante su frustración,
Ner’zhul se dio cuenta de que los malvados Nerubians eran inmunes tanto
a la plaga como a su dominación telepática.
Los señores-araña Nerubian contaban con enormes fuerzas y con una red
subterránea que se extendía hasta casi la mitad de la amplitud de
Northrend. Sus ataques relámpago sobre las fortalezas del Rey Lich frustraban
uno tras otro todos sus intentos de acabar con ellas. Al final,
Ner’zhul ganó su guerra contra los Nerubians por desgaste. Con la ayuda
de los furiosos Señores del terror y sus innumerables guerreros muertos
vivientes, el Rey Lich invadió Azjol-Nerub e hizo caer sus templos subterráneos
sobre las cabezas de los señores-araña.
Aunque los Nerubians eran inmunes a su plaga, los crecientes poderes
nigrománticos de Ner’zhul le permitieron animar los cadáveres de los
guerreros araña y doblegarlos a su voluntad. Como homenaje a su tenacidad
y audacia, Ner’zhul adoptó el distintivo estilo arquitectónico de los
Nerubians para sus propias fortalezas y estructuras. Había llegado el
momento de gobernar su reino sin oposiciones: el Rey Lich empezó a prepararse
para su verdadera misión en el mundo. Extendiendo su vasta conciencia
hasta las tierras humanas, el Rey Lich llamaba a todas las almas
oscuras que quisieran escucharle...


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